El mensaje aún brillaba en la pantalla del celular de Julián:
“Clara: te extraño. Dime cuándo podemos vernos.”
Lo apagué con un movimiento torpe, el corazón golpeándome en las costillas. Guardé el teléfono en su sitio antes de que él despertara y me quedé sentada en la orilla de la cama, con la respiración entrecortada.
Clara. Ya no era un nombre perdido en sueños. Era alguien real. Una mujer que le escribía a mi esposo con una intimidad que me desgarraba por dentro.
Me levanté y caminé por la