El pasillo entero parecía girar a su alrededor. La puerta de la habitación de Dorian seguía cerrada, y la sonrisa cruel de aquella mujer todavía le ardía en la memoria como un hierro candente.
Lia dio un paso atrás, intentando respirar, pero el aire era espeso, envenenado, imposible de inhalar. Las lágrimas corrían por sus mejillas sin que pudiera detenerlas, quemándole la piel con cada gota de impotencia.
No podía quedarse allí. No después de lo que había visto. No después de sentir cómo s