Capítulo cincuenta y cuatro.

El paisaje era una obra de arte viviente. La pradera se extendía en todas direcciones, iluminada por un sol suave que pintaba todo con destellos dorados. El viento, ligero y fresco, acariciaba la piel de Ylva mientras corría con la loba blanca a su lado. Por primera vez en mucho tiempo, no había preocupaciones, no había dolor. Solo libertad, porque allá afuera se sentía prisionera de alguna manera.

Se detuvo abruptamente, sus ojos recorriendo cada rincón de ese paraíso, hacia bastante tiempo qu
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