Los días se deslizaron en una bruma de preocupación y esperanza en el Castillo de Lycandar. La victoria era segura, pero la presencia inerte de Ylva mantenía un hilo de tensión en el aire. Ethan permaneció a su lado, velando su sueño, mientras que la voz juguetona de Ylva resonando a veces en su mente, un secreto íntimo y reconfortante.
Una mañana, el sol se filtraba a través de las ventanas de la habitación de Ylva, pintando patrones dorados en el suelo. Ethan, dormido en una silla junto a la