La batalla rugía alrededor, pero en el centro del caos, solo dos figuras importaban. Makon, con su armadura oscura y ojos encendidos por ambición, se acercó a Ylva con paso firme, arrogante, como si el mundo ya le perteneciera.
—Inclínate —ordenó, su voz grave como un trueno contenido—. Te reclamo como mía. Tu sangre me pertenece.
Ylva lo miró… y soltó una carcajada tan intensa, tan desbordada, que por un momento pareció una lunática. El sonido cortó el aire, burlón, porque no era una risa dulc