La mañana siguiente llegó con un sol tímido que se colaba por la ventana del viejo rancho. Alondra se despertó abruptamente, sentándose de golpe en la cama. La fría madera bajo ella parecía encoger el espacio, y el silencio de la casa la envolvía con una sensación extraña, casi opresiva.
Se frotó la frente con la mano derecha y murmuró para sí misma, con el corazón cargado de frustración:
—No se puede creer en juramentos de mujer herida… ¿cómo pudo hacerme esto?
La frustración era tan profunda