El lunes temprano, la luz suave de la mañana se filtraba por las ventanas del comedor. Don Emiliano ya estaba sentado, con una taza de café humeante entre las manos, cuando vio entrar a Carlos. Aprovechó la ocasión para invitarlo a sentarse.
—Te estás adaptando rápido, muchacho —comentó con una media sonrisa—. Y eso es bueno… pero no me sorprende, porque lo llevas en la sangre.
Carlos, con el ceño levemente fruncido, se acomodó frente a él. Sus ojos, atentos, buscaban no perder palabra. Don Emi