Había pasado un mes desde la partida de Carlos y su madre de Pueblo Chico y de La Esperanza. Durante ese tiempo, Alondra había vuelto a su vida cotidiana: cuidar del ganado, recorrer los potreros y atender de cerca a don Emilio, que cada día parecía más frágil.
—No te preocupes por mí, muchacha —le decía él con una sonrisa cansada—. Lo importante es que tú sigas fuerte.
—Mientras yo respire, usted no va a estar solo, don Emilio —respondía ella, ajustándole la manta sobre los hombros.
Lía y Mate