La mañana llegó con un aire más sereno. El sol apenas se filtraba por las ventanas de la hacienda La Esperanza, tiñendo las paredes con destellos dorados. Después de tantas noches agitadas, el silencio parecía un regalo. Alondra, que no había dormido mucho, buscó distraerse en lo que mejor sabía hacer: cuidar a los demás.
Se dirigió a la cocina, encendió el fogón y comenzó a preparar un dulce espeso con miel y pan relleno con queso fresco. El olor pronto se expandió por toda la casa, envolviend