Capitulo 37

Santiago dio unos pasos hacia Alondra, y el silencio se volvió tan pesado que parecía aplastar el aire. Con voz baja, apenas un susurro que se quebraba entre el dolor y la culpa, le dijo:

—No llores por lo que fui… ya está hecho. Eres de hierro forjado, hermana. Tienes más valor que muchos hombres juntos.

Alondra contuvo las lágrimas, pero no pudo evitar que su voz temblara:

—¿Por qué, Santiago?… Solo dame una razón… una sola.

Él la miró con ojos cansados, llenos de remordimiento y amor fraternal:

—Sí la hay, mi pequeña hermana…

—¡No me llames pequeña! —exclamó Alondra, levantando la cabeza, con la voz rota—. Mírame… mírate a ti mismo. No eres ni la sombra del hermano que conocí.

Santiago titubeó, y un silencio incómodo llenó la habitación. Entonces ella, con furia y dolor, preguntó:

—Dime, ¿por qué el secuestro? ¿Por qué Carlos, Lía y Claudia?

Santiago apretó los labios, respirando hondo antes de responder:

—Eso fue una estupidez de esos insectos que dicen ser mis hombres. Nunca plan
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