Santiago dio unos pasos hacia Alondra, y el silencio se volvió tan pesado que parecía aplastar el aire. Con voz baja, apenas un susurro que se quebraba entre el dolor y la culpa, le dijo:
—No llores por lo que fui… ya está hecho. Eres de hierro forjado, hermana. Tienes más valor que muchos hombres juntos.
Alondra contuvo las lágrimas, pero no pudo evitar que su voz temblara:
—¿Por qué, Santiago?… Solo dame una razón… una sola.
Él la miró con ojos cansados, llenos de remordimiento y amor fratern