El rugido del motor de la camioneta de Alondra se escuchó en la madrugada, rompiendo el silencio pesado que cubría la hacienda. Eran más de las tres de la mañana y don Emiliano aún no había conciliado el sueño. Caminaba de un lado a otro en su habitación, inquieto, con el presentimiento de que la noche aún no había mostrado todo su veneno.
Carlos, en su habitación, tampoco lograba dormir. Había visto a Alondra en aquel escenario, cantando con la voz rota y los ojos nublados por el alcohol. La i