Mundo ficciónIniciar sesiónAbandoné todo lo conocido. Dejé a mi familia y junto a mis hermanos, decidí perseguir la vida que nos fue negada. Tomé una decisión crucial para poder avanzar. Me instruí, asumí el hábito como mi vestidura habitual, así que usé la sotana como un medio para poder salir adelante. Años después, volví a mi tierra en compañía de lo que quedaba de nuestra familia. Me di cuenta de que diez años cambian cada centímetro de aquella piel que alguna vez deseé, dejándola en nada… pero ¿qué pasa cuando el pecado se te presenta en compañía de unos profundos ojos color avellana?
Leer másUn golpe me despertó, su sonido hizo eco en nuestra casa, escuché a mi padre gritar y por la ventana me di cuenta de que había algunos hombres de traje parados en la entrada de nuestra finca, podía adivinar que eran del banco, este año la cosecha se había echado a perder, por lo que habíamos acarreado algunas deudas que amenazaban con quitarnos lo único que conocíamos.
Samuel, mi hermano mayor trajo a Simona, ella aun pequeña no entendía muy bien y trataba de esconderse entre nosotros por los fuertes golpes en nuestra puerta, mi padre salió a atenderlos, mientras escuchábamos los sollozos de mi madre, ese día en particular lo recuerdo por completo.
Ese mismo día por la tarde, mi padre nos ordenó empacar lo más esencial, una vieja maleta y un pequeño bolso de mano de mi hermano fueron lo único que teníamos, y junto a un par de bendiciones de los ojos llorosos de nuestra madre, no fueron entregados 3 tiquetes para el tren de la 4 de la tarde.
Apenas tuve tiempo salí corriendo hasta el campo vecino, allí tenía la intención de ir hasta la casa de los Sousa, pero ¿con qué excusa? ¿No podía llegar buscando directamente a Luciana? ¿Qué podría hacer? Respire profundo, tratando de calmar mi respiración y a plantearme nuevamente mis posibilidades, sabía que esta era mi única oportunidad de ver la antes de este viaje, algo en mí me decía que no la vería por mucho tiempo y aunque éramos jóvenes, cualesquiera que nos viera sabía que algo había entre nosotros.
Rápido me escabullí hasta la puerta trasera de la casona, contando las ventanas pude llegar hasta la de mi preciosa Lu, ella estaba sentada en su tocador haciendo sus deberes, porque ella estudiaba, sus padres podían darse ese lujo. Toqué la ventana mientras me reprochaba mis pensamientos, ella enseguida me abrió, de un salto entre y apenas estuve allí la tomé entre mis brazos.
Un beso lleno de calor dejó en mis labios, rápido se separó de mí y paso cerrojo en la puerta, me empujo a la cama y tan pronto me acomodo se montó sobre mí, sus movimientos provocan que mi erección crezca casi inmediatamente, con mis manos tomo sus pechos, siempre somos rápidos, siempre tenemos poco tiempo, engullo uno de sus pechos mientras apretó en erecto pezón del otro, escucho un pequeño gemido y poco a poco, bajo desde el pezón hasta la su centro, mi maestra mano se introduce en su braga y pronto me doy cuenta de lo húmeda que está.
Mordisqueo su pecho y antes de que pueda decirme algo introduzco dos dedos entre sus pliegues, un respingo da enseguida, pero no dejo que diga nada y comienzo a mover mis dedos, me encanta ver como su vaivén sobre mi mano la lleva al borde del orgasmo, me pide que me detenga, pero no lo hago contrario a eso, lamo sus pechos y con mi pulgar comienzo a estimular su voto de placer, sus gemidos suben de nivel aun controlando su volumen, poco a poco va pidiéndome más hasta que da un respingo y se deja caer agitadamente hacia mí, me besó nuevamente, desbordamos de pasión, como los jóvenes que somos.
Cuando su respiración vuelve a la normalidad, nos saludamos normalmente, ella me besa, disfruto de eso en silencio, siempre me gusta como comienzan nuestros encuentros, pero esta vez Lu va más allá y sobre la tela de mi pantalón pasa su mano rozando mi aun crecida erección.
– Bonita – trato de hablar, pero ella no parece prestar atención – bonita – tomó su mano y aunque esto dolerá, la aparto de mi abultado pantalón, ella me mira algo confusa – tenemos que hablar – me besa.
– Podemos hablar después – susurra sobre mis labios y poco a poco baja hasta el botón de mi pantalón.
– Nos vamos a ir, mis padres me están enviando donde nuestro tío a São Paulo – ella se detiene en seco y me observa – nos vamos esta tarde – finalizó. Su mirada es de confusión, luego se coloca pensativa y pronto me sorprende volviendo a poner su mano sobre mi pantalón.
– Aprovechemos – dijo mientras sacaba mi miembro y lo empuñaba con su mano, comenzando a moverla de arriba abajo – no sabemos cuándo – hizo una pausa para pasar su lengua por la punta redondeada de mi erección - nos volveremos a ver – ella tenía razón.
Una vez dejó de hablar volvió su lengua a su faena, por inercia hice mi cabeza hacia atrás, lo que estaba haciendo Luciana era exquisito, pero pronto se levantó y sin decir nada se montó sobre mí, dejándome sentir como sus pliegues se abren para mí, me insto a que me acomoda, no podía creer que por primera vez mi miembro estuviera dentro de ella, sus movimientos acertados me dejaban sin aliento, en un momento de fuerza me enderece y me sacie de sus pechos, los amaba, pronto ella comenzó a gemir, lleve mi pulgar a su centro y con sutiles movimientos circulares la lleve al orgasmo.
Mientras trataba de regular su respiración, me levanté con ella en brazos, dejándola en el suelo y haciendo que se agachaba, dejándome su trasero a mi merced, busque su humedad aun lubricada y entre de golpe, un respingo seguido por un gemido delataba su placer, comencé siendo gentil, pero a cada embestida necesitaba más, de esa forma mi ritmo fue subiendo, y salía y entra, salía y entraba, repitiendo el movimiento, escuchando como nuestras carnes sonaban al choque, provocando que el calor se apodera de mí y llegara a mi clímax, dejando salir mi néctar por completo.
Entre jadeos nos volvimos a vestir, en qué momento la ropa fue innecesaria, no lo sabía, pero cuando un sonido por el pasillo se escuchó, rápido nos despedimos.
– Volveré – declaré, Lu me beso.
– Te esperaré – sus ojos brillaban y el rojo de rostro le daba un toque exquisito, me volvió a besar, pero esta vez mordió mi labio – prometo que esperaré – susurro y volví a echarme a correr.
Corrí hasta mi casa, sin detenerme, cuando entre a los predios de mi familia aligere un poco el paso, pero cuando vi que mis padres ponían nuestras cosas sobre la camioneta me apresure.
Entré corriendo a la sala del hospital, sintiendo cómo el eco de mis pasos golpeaba con urgencia las baldosas blancas que, cinco años atrás, habían sido testigos del capítulo más oscuro de nuestra historia. Pero esta vez, el aire no pesaba; no había olor a metal retorcido ni el sabor amargo de la tragedia inminente. Esta vez, la atmósfera estaba cargada de una espera eléctrica, de esa fragancia a vida nueva que solo se respira en las alas de maternidad.—¡Enfermera! —exclamé, deteniéndome frente al mostrador principal con la respiración entrecortada—. Idara... Idara Santos. ¿En qué sala está?—Tercer piso, sala 302, señor Santos —respondió la mujer con una sonrisa pausada, acostumbrada al torbellino de los padres primerizos.Subí las escaleras casi de tres en tres, seguido de cerca por el estruendo de los pasos de mi familia. Samuel jadeaba a mi espalda, Javier mantenía su compostura profesional aunque su corbata iba torcida, y el tío Arminio cerraba la marcha murmurando salmos de gra
El silencio en la sala era tan denso que podía oírse el crujido de la madera bajo los pies de Luciana. Ella seguía meciéndose, con los ojos fijos en un punto inexistente del techo, arrullando esa manta vacía con una devoción que me revolvía el estómago. Idara e Isabel retrocedían centímetro a centímetro hacia la cocina, mientras yo permanecía estático, con el corazón martilleando contra mis costillas, intentando procesar que el monstruo de mis pesadillas estaba finalmente en mi salón.—Luciana... —mi voz salió como un susurro roto—. Baja eso. Hablemos.Ella detuvo su balanceo en seco. Sus ojos, antes nublados por el vacío, se clavaron en mí con una lucidez aterradora.—¿Hablar, Joel? ¿Ahora quieres hablar? —Soltó una risita estridente, un sonido que bordeaba lo absurdo—. Llevamos diez años de retraso. Mira qué hermoso está... se parece tanto a ti cuando nos escapábamos al río.—Luciana, mírame —di un paso cauteloso hacia ella—. Estás cansada. Déjame ayudarte.—¡Tú me dejaste sola! —gr
Una semana más. Siete días que se sintieron como una eternidad suspendida en el tiempo, pero que fueron necesarios para que el cuerpo de mi morena terminara de soldar sus heridas. Pasar las horas en aquel hospital se convirtió en mi nueva rutina; conocía cada grieta del techo y el horario exacto en que el carrito del café pasaba por el pasillo. Pero allí estuve, firme al pie de su cama, viendo cómo recuperaba el color en las mejillas. Recibimos visitas de todo tipo: la energía arrolladora de Simona, la presencia silenciosa de Samuel, y algunos "amigos" del pueblo que venían más por morbo que por afecto, buscando ver los restos del naufragio del "cura y su amante".En esas noches de hospital, cuando el silencio solo era interrumpido por el goteo del suero, Idara y yo tomamos la decisión que cambiaría todo. No podíamos permitir que Emilio Joel siguiera siendo un fantasma, un niño de diez años viviendo de casa en casa como si no tuviera raíces.—Él es un Santos, Joel —me dijo ella una no
Parpadeé un par de veces, sintiendo que los párpados pesaban como si estuvieran hechos de plomo. El dolor de cabeza era una pulsación rítmica y punzante que marcaba el compás de mi respiración. A mi alrededor, las paredes blancas relucían bajo una luz fluorescente tan intensa que me obligaba a entrecerrar los ojos, provocándome una náusea repentina. Traté de moverme, de incorporarme un poco para aliviar la presión, pero mi espalda era un despojo; cada vértebra parecía haber sido golpeada por un mazo.Esa sensación de rigidez y desamparo me transportó, por un segundo, a las habitaciones austeras del primer seminario al que asistí. Aquellas camas estrechas donde el sacrificio personal empezaba por el descanso. Solté una risa seca, casi un quejido irónico, y de pronto la realidad se materializó frente a mí: mis hermanos, Samuel y Simona, estaban de pie a los pies de la cama.Sus rostros eran un poema de cansancio y preocupación. Tenían caras de pocos amigos, los ojos enrojecidos por el t
Último capítulo