La mañana amanecía pesada en La Esperanza.
El sol apenas se filtraba por las cortinas del comedor cuando don Emiliano ya esperaba a doña Malena para desayunar. El hombre, con su serenidad acostumbrada, removía el café con lentitud, como si buscara en ese movimiento distraer las sombras que se acumulaban en la casa.
Malena apareció al poco rato, impecable como siempre, pero con un aire altivo que no se disimulaba.
Detrás de ella entró Claudia, fresca, sonriente, eligiendo asiento como si la casa