Capítulo Treinta.
Roberto Ramírez.
Verónica quedó plácidamente dormida en el auto, cerré rápidamente la puerta, me adentré al auto y arranqué de inmediato.
La llevé a un lugar muy lejano a la cuidad de Medellín, era un sitio que poco visitaba, era una habitación que sólo la llegué a utilizar en pocas ocasiones, era para darme momentos libres de estrés, de presiones, de estar lejos de todo.
Nadie conocía de éste lugar, solamente las que llegaban aquí, a los días dejaban de existir, podían delatar de las maldades