Mundo ficciónIniciar sesiónElena es destinada a ser esclava de la verdad envuelta en una raíz de mentira, en la que tendrá la vida en un abrir y cerrar de ojos. De pronto, él llegará y hará la pasión y el amor arder en el corazón de Elena. Elena caerá en la boca del mal, en la jugada de la obsesión encubierta, en donde el misterio abrió sus ojos a la luz.
Leer másElena Cooper.No, no es cierto lo que él me está diciendo.—¿Matarme? — inquiero en un hilo de voz, sin aliento en mí.Caí, caí en lo que él me dijo que no debía caer.—Oh, sí, como lo escuchaste. — me afirma con la voz determinante.Y lo observo aterrorizada.—No... tú no puedes hacerlo. Soy de tu sangre, soy la única persona que te queda en el mundo, no puedes hacerlo, abuelo. — le reclamo mirándolo fijamente a él.Él se echó a reír.—Oh, pero qué mala cabeza tienes, Elena, tienes toda la información más errónea de mí. — me explica acercándose más, y un frío aterrador recorre por mi cuerpo.—Eres lo que me dijo él...— suelto en voz débil, dando un paso atrás, colocándome a la defensiva.Mi corazón palpita erraticamente, con un pánico que me desarma.—¿Quién? ¿El cabrón del que te enamoraste? ¿Al hombre que le abriste las piernas mientras se llenaba los bolsillos de dinero por tenerte y llevarte al matadero? — comienza a decirme subiendo el tono de voz fuerte.Asiento sin dejar de mi
Verónica Wilson.No, Dios mío.Roberto Ramirez nos había descubierto, y de lo peor, miró a Juliana, a Francesco, a todos con los ojos aterrorizados, la vida de Elena está en su fin, y si no llegamos a tiempo, será demasiado tarde.—Di una palabra, Verónica, ¿qué te dijo Isabel? — me aborda Juliana acercándose a mi.Niego con la cabeza, todos están a la espera de lo que diré. — Roberto descubrió a Isabel, la encontró con el celular en la mano, en la llamada que me acaba de hacer, la estaba amenazando, ya no tenemos tiempo de que perder, no más, iremos a atacar. —sugiero de inmadiato.— Claro que no, debemos ir por Elena, ya no está la señal de Isabel, debemos encontrarla como ha de lugar. — objeta Francesco mirándome con determinación.Asiento, Juliana se coloca nerviosa, todos atentos a lo que se nos viene. Es momento de actuar.Roberto Ramirez.Ay, pobre de Elena, no conoce en qué manos cayó rendidamente. Sonrío internamente.No ha dejado de llorar, de quejarse, de decir que lo lamen
Verónica Wilson (La impostora)No, Elena no puede asesinarlo.Es hijo de mi jefa, y debo salvarlo a él.No sé cómo disimular delante de él, está feliz, con el corazón inflado de orgullo, Elena actuó de la manera más rápida posible.Debo hacer algo ya.— Es una fiera la niña, ¿no crees?— me dice él mirándola salir en la camioneta a toda una velocidad.— No lo creo, Roberto, la acabas de cagar, Diego conoce las intenciones y los planes que tienes con ella, y si Elena lo consigue será el fin de todo. — zanjé mirándolo de mala manera. — Debiste decir lo que te dije, que un robo, Elena ama a Diego. — le espeté ardida.Él niega con la cabeza. — No lo creo, mija, estás fuera de órbita, Elena es más pendeja de lo que crees, no podrá, además Diego jamás sabrá la libertad que le prometí dar, sólo lo usé, y ahora es perseguido por la DEA. — se sonrié y acerca más a mi. — con el mismo destino con que acabó a Francesco Voncelli. — me asegura él y se da la vuelta y gira, y entra a la casa.Yo niego
Diego Torres.Dejarla ir es unos de los hechos más difíciles que me ha tocado vivir en la vida, odio perder lo que amo, y más estar atado a que no puedo volverlo a mí.Ni a mi madre, ni a Elena.Le doy un golpe agudo al volante, mis ojos se empañan de lágrimas, mi cuerpo se tensa por completo, aprieto mis dientes, y chillo de dolor.La lluvia comenzó a caer, y sólo quedé mirándome a través del retrovisor del auto con mi mirada perdida en Elena, en lo que viví a su lado, en el cómo comenzó todo, especialmente el día que prometí amarla para siempre, y sé que lo haré. Mi corazón le pertenece, a ella y a nadie más.Dejo fluir mi pena, con la mayor libertad posible, dejé calar lo que me espera, la soledad, el vacío y la ausencia de un amor que jamás morirá en mí.Me emundezco, me entrego al silencio, y al deseo de lo contrario, de lo inexistente, la lluvia cae con furia, y no detenía estar.A las horas, un hombre tocó el vidrio de mi ventana, un oficial.Una multa.Ruedo los ojos.Aprieto





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