Bastián
Los últimos cinco días habían sido interminables. Eliza se había ido a visitar a sus padres y, aunque jamás podría negarle algo así, su ausencia me pesaba más de lo que quería admitir. Sin darme cuenta, ella se había vuelto parte de todo en mi vida.
Ahora, sin su risa, sin su voz, sin sus pasos suaves recorriendo la casa, todo parecía más apagado.
La sentía en cada rincón: en la oficina, donde sus "buenos días" solían marcar el inicio de mis jornadas; en casa, donde sus pantaloncitos co