Eliza
El aire de la noche era ideal, casi primaveral, con esa tibieza suave que acaricia la piel sin sofocar. Caminábamos tomados de la mano por uno de los parques más encantadores de París, después de haber cenado en un pequeño restaurante escondido en una callecita adoquinada.
No era un sitio lujoso ni demasiado concurrido, pero la comida había sido excepcional, y el ambiente, íntimo, perfecto para nosotros. Había algo en esa ciudad que convertía lo ordinario en inolvidable.
Como la noche est