El amanecer llegaba tibio y luminoso al hospital. Los primeros rayos de sol se filtraban por los ventanales, tiñendo de oro pálido las sábanas blancas y el rostro sereno de Eugene, que dormía con la boquita entreabierta en brazos de su madre.
Emma lo contemplaba con una mezcla de ternura y alivio. Había pasado noches enteras llorando, temiendo no volver a verlo jamás, y ahora que lo tenía de nuevo, no podía soltarlo.
Harry estaba sentado junto a la cama, sosteniendo una taza de café frío que no