El amanecer cubría la ciudad con un tono grisáceo, como si incluso el cielo se rehusara a iluminar un día tan cargado de incertidumbre. Emma no había dormido. Las ojeras marcaban la huella de noches en vela, y sus dedos temblaban al sostener la taza de café que Harry le había preparado sin decir palabra.
Ninguno de los dos podía hablar mucho últimamente. Las palabras dolían, eran inútiles frente al vacío que sentían desde la desaparición de Eugene. Una llamada interrumpió el silencio. Harry con