El amanecer se filtraba débilmente por las cortinas de la casa Rothwell, tiñendo las paredes de un tono ámbar pálido. Violeta observaba el reflejo del vapor que salía de su taza de té, mientras Atenea, su fiel gata, dormía hecha un ovillo sobre el sofá. El silencio de la mañana la envolvía con una sensación de calma frágil, como si el mundo aguardara el momento preciso para volver a desmoronarse.
Liam entró en la sala poco después, aún con el cansancio marcado en el rostro. Llevaba la camisa si