El cielo se había oscurecido con un velo de nubes bajas cuando Violeta y Emma llegaron a la mansión. La lluvia golpeaba el parabrisas con insistencia, y el aire olía a tierra mojada, a calma después de una tormenta que no terminaba de irse.
Emma se mantenía en silencio, con la mirada fija en el suelo. Su maquillaje se había corrido y el cabello, empapado, caía desordenado sobre su rostro. Violeta estacionó el auto y salió para abrirle la puerta.
—Vamos —le dijo con suavidad—. Estás a salvo ahor