El silencio que siguió a la revelación del mensaje final de Lysandra fue diferente, ya no era la ausencia de ruido, sino la plenitud de la verdad. Kael y Elara se separaron del beso, pero no del contacto, sus manos entrelazadas sobre el ópalo del dispositivo cifrado, el corazón de Lysandra latiendo metafóricamente en sus palmas. Helena, con lágrimas silenciosas, se retiró a un rincón del laboratorio, dándoles el espacio sagrado para su pacto final.
"La cura eres tú, Kael," repitió Elara, su voz