El Director Vektor estaba de rodillas, golpeado no por la fuerza física, sino por la frecuencia pura e incondicional de Lysander, que llenaba la cámara de cobalto. El pulso de la verdad había destrozado su Dispositivo de Supresión de Frecuencia (DSF) y lo había obligado a enfrentar la coherencia absoluta de su existencia.
Su mente, durante décadas el motor de la simulación corporativa, luchaba desesperadamente por encontrar un eufemismo, una justificación, una mentira que le permitiera recupera