Hanna sintió la presión helada de la mano de Antonio en su muñeca. El aire se le escapó de los pulmones cuando lo miró a los ojos; aquellos ojos grises, duros como acero, la traspasaban como dagas.
—Suéltame… —musitó, con la voz temblorosa, intentando recuperar algo de dignidad.
Antonio no se movió. Su mirada permaneció fija, severa, inmutable.
—Te atreves a levantarle la mano a Sofía —dijo, con una calma glacial que heló la sangre de todos los presentes—. Tú… que no vales ni el polvo bajo sus