La casa amaneció envuelta en un silencio denso, casi solemne.
El desayuno estaba servido con la perfección habitual: porcelana blanca, café humeante, el sonido leve de los cubiertos contra los platos. Pero entre Sofía y Antonio no había palabras, solo miradas que se rozaban sin atreverse a sostenerse.
El anillo en su mano aún le parecía irreal. Brillaba demasiado, como si quisiera recordarle cada segundo lo que había hecho la noche anterior. Casarse. Sin aviso. Sin tiempo para respirar.
Antonio