Brian bajó a desayunar sin decir una palabra. El ambiente estaba cargado, todos lo notaron. Su madre, Sonia, dejó el periódico a un lado y lo observó con preocupación; Valentina lo miraba con una mezcla de enojo y curiosidad.
—Buenos días —murmuró él, apenas audible, mientras tomaba asiento.
Nadie respondió al principio. El silencio se hizo incómodo, hasta que Valentina, con un tono agrio, rompió la calma.
—¿Ya viste las noticias? —preguntó sin mirarlo directamente—. Sofía Hernández… ahora es mi tía. La esposa de mi tío Antonio.
Hizo una pausa, soltando una risa seca.
—No puedo creer la suerte que tiene esa zorra.
Brian levantó la mirada lentamente. El brillo en sus ojos bastó para hacerla callar, pero ella insistió, disfrutando de provocarlo.
—Primero el escándalo, después la boda… ¿Qué sigue? ¿Que la nombren dama de honor de la familia?
—Valentina —interrumpió Sonia, con tono de advertencia.
—¿Qué? Solo digo la verdad —replicó ella, cruzándose de brazos—. Todos saben lo que esa muje