Al día siguiente
Sofía se sentía más ligera, más viva que nunca. La felicidad que la invadía era tan pura que a veces le costaba creer que todo aquello fuera real. Antonio había cumplido su promesa: la cuidaba con una devoción que rozaba la exageración.
Había puesto a Mónica, una de las empleadas más atentas de la casa, exclusivamente a su cuidado. Sofía ya no debía preocuparse por ninguna de sus antiguas labores; lo único que tenía que hacer era descansar, alimentarse bien y sonreír.
—Antonio es un exagerado… —solía murmurar entre risas cada vez que Mónica aparecía con una bandeja de frutas o un vaso de leche tibia—. Pero es tan tierno…
En el fondo, aquella sobreprotección la conmovía. Era la forma en que Antonio demostraba su amor: controlando cada detalle, asegurándose de que nada le faltara a ella ni al pequeño ser que crecía en su interior.
Esa mañana, Sofía se levantó con una sensación de ternura difícil de describir. Caminó hasta el espejo del dormitorio y, con una sonrisa soñ