Al día siguiente
Sofía se sentía más ligera, más viva que nunca. La felicidad que la invadía era tan pura que a veces le costaba creer que todo aquello fuera real. Antonio había cumplido su promesa: la cuidaba con una devoción que rozaba la exageración.
Había puesto a Mónica, una de las empleadas más atentas de la casa, exclusivamente a su cuidado. Sofía ya no debía preocuparse por ninguna de sus antiguas labores; lo único que tenía que hacer era descansar, alimentarse bien y sonreír.
—Antonio