El ruido era ensordecedor. Los flashes seguían estallando frente a ella como relámpagos, cada uno más violento que el anterior. Sofía apenas lograba respirar. Maira la sostenía por los hombros, intentando abrirse paso entre el mar de cuerpos que las rodeaba, pero era imposible.
—¡Déjenla en paz! —gritó Maira, desesperada, mientras una cámara casi se estrellaba contra el rostro de Sofía.
Y entonces se escuchó.
Una voz firme, autoritaria, que cortó el caos como un cuchillo:
> —¡Abran paso! ¡Segur