El ruido era ensordecedor. Los flashes seguían estallando frente a ella como relámpagos, cada uno más violento que el anterior. Sofía apenas lograba respirar. Maira la sostenía por los hombros, intentando abrirse paso entre el mar de cuerpos que las rodeaba, pero era imposible.
—¡Déjenla en paz! —gritó Maira, desesperada, mientras una cámara casi se estrellaba contra el rostro de Sofía.
Y entonces se escuchó.
Una voz firme, autoritaria, que cortó el caos como un cuchillo:
> —¡Abran paso! ¡Seguridad privada del señor Valtieri!
El murmullo se transformó en confusión. Dos hombres vestidos de negro irrumpieron entre la multitud, empujando a los reporteros con fuerza controlada. Los flashes titilaron, los gritos se mezclaron con protestas y el sonido de sirenas lejanas.
—¡Rápido, señorita! —ordenó uno de ellos, rodeando a Sofía con el brazo y cubriéndola del todo—. ¡No mire atrás!
Maira también fue apartada con cuidado, aunque el miedo en su rostro era idéntico al de Sofía. Entre empujones