—No… —Brian negó lentamente con la cabeza, su voz quebrada—. No puede ser… eso es imposible.
Sus ojos buscaban desesperadamente una grieta en la expresión de Sofía, una señal de que mentía, de que todo era solo un intento de herirlo.
—Me estás mintiendo —susurró, dando un paso hacia ella—. Dilo, Sofía. Estás mintiendo para ocultar que ese niño es mío.
Sofía no se movió. Sus labios temblaron apenas, pero su mirada se mantuvo firme, helada.
—No tengo por qué mentirte —dijo con calma cortante—. Lo