—No… —Brian negó lentamente con la cabeza, su voz quebrada—. No puede ser… eso es imposible.
Sus ojos buscaban desesperadamente una grieta en la expresión de Sofía, una señal de que mentía, de que todo era solo un intento de herirlo.
—Me estás mintiendo —susurró, dando un paso hacia ella—. Dilo, Sofía. Estás mintiendo para ocultar que ese niño es mío.
Sofía no se movió. Sus labios temblaron apenas, pero su mirada se mantuvo firme, helada.
—No tengo por qué mentirte —dijo con calma cortante—. Lo que dije es la verdad. Eres estéril, Brian. Siempre lo fuiste.
El aire se volvió espeso. Brian sintió cómo la sangre le hervía por dentro, cómo la rabia y la incredulidad se mezclaban hasta formar un nudo en su pecho.
—¡Cállate! —rugió, dando un paso más, con los ojos encendidos por la furia—. ¡No digas eso!
Extendió la mano y la tomó por la muñeca con fuerza, obligándola a mirarlo de frente. Su respiración era pesada, desbordante de frustración.
—Entonces explícame —dijo entre dientes, con la