Maxim frunció el ceño al escuchar cómo Sofía lo nombraba. Su voz se tornó grave, cargada de incredulidad y rabia.
—¿Cómo… me llamaste?
Sofía alzó la barbilla, mirándolo con desafío.
—Así como lo escuchaste, Maxim. Desde ahora ya no eres mi padre. No después de lo que hiciste. Un verdadero padre jamás vendería a su propia hija… como carne para los perros. —Su voz tembló de indignación, pero sus ojos brillaban con una fuerza implacable—. Desde hoy no eres nada para mí. Solo estarás allí… para que