Sofía salió del restaurante con paso firme, aunque por dentro sentía el corazón hecho un torbellino. El aire fresco de la noche rozó su rostro, pero no logró apaciguar el nudo en su pecho. Al ver el auto de Maira al borde de la acera, apretó los labios, abrió la puerta y se dejó caer en el asiento del copiloto.
Cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro largo, cargado de cansancio y emociones contenidas.
Maira, que no le quitaba la vista de encima, frunció el ceño con preocupación.
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