Sofía sintió cómo un temblor recorría sus manos mientras apretaba las sábanas. Su pecho ardía, y cada respiración le dolía como si aún tuviera la bala dentro.
Los recuerdos del accidente pasaron por su mente el choque el suelo frío volvieron en oleadas, cada uno más punzante que el anterior. Un nudo se formó en su garganta y las lágrimas rodaron sin control.
Una enfermera entró apresurada al verla despierta.
—¿Se siente bien, señorita? —preguntó con voz suave mientras revisaba el monitor—. Tuvo mucha suerte… casi pierde la vida.
El sonido de la puerta abriéndose interrumpió sus pensamientos. Antonio entró en la habitación. Sofía lo miró sorprendida; su apariencia lo decía todo. Tenía profundas ojeras, los ojos rojos y secos de tanto llorar, y la ropa arrugada, como si hubiera pasado días sin dormir ni comer.
—Sofía… —murmuró con voz quebrada mientras se acercaba y tomaba su mano con cuidado—. Pensé que no lo lograrías… Gracias a Dios estás despierta. Estaba muy preocupado.