Nueva York – Mansión de Lucía
Lucía se encontraba en el gran salón de su mansión, bebiendo un cognac junto a Iván, cuando el mayordomo se acercó con paso cauteloso.
—Señora, hay tres hombres afuera: Luis, Rafael y Pablo. Dicen que buscan trabajo y que saben perfectamente a qué se dedica usted.
Lucía, con una sonrisa gélida, hizo una señal para que pasaran. Los tres hombres, de aspecto rudo y mirada vacía, se detuvieron frente a ella. Lucía los midió con desprecio y soberbia.
—¿Quieren trabajar para el imperio Soto? —preguntó ella, poniéndose de pie—. Cualquiera puede apretar un gatillo, pero yo necesito monstruos.
Para poner a prueba su lealtad y su falta de alma, Lucía les dio una orden que dejó a Iván incluso en silencio:
—Tienen un tiempo récord para matar a 100 niños en las zonas marginales. No quiero sobrevivientes, no quiero piedad. Si pueden hacer eso sin pestañear, tendrán un lugar en mi guardia personal.
Luis, Rafael y Pablo asintieron sin dudar, saliendo de la mansión para c