La prisión estaba envuelta en un silencio pesado. Gabriel, con la fotografía de Dairon aún en sus manos, no podía apartar de su mente la imagen de su hijo encadenado. De pronto, un guardia se acercó con nerviosismo.
—Señor Gómez… alguien pidió verlo. No está en la lista oficial.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Quién?
El guardia bajó la voz:
—Un enviado de Xi Li. Dice que tiene información sobre su hijo.
En el hospital, Mercedes despertó sobresaltada. La habitación estaba custodiada por dos policías,