La prisión estaba envuelta en un silencio pesado. Gabriel, con la fotografía de Dairon aún en sus manos, no podía apartar de su mente la imagen de su hijo encadenado. De pronto, un guardia se acercó con nerviosismo.
—Señor Gómez… alguien pidió verlo. No está en la lista oficial.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Quién?
El guardia bajó la voz:
—Un enviado de Xi Li. Dice que tiene información sobre su hijo.
En el hospital, Mercedes despertó sobresaltada. La habitación estaba custodiada por dos policías, pero su intuición le gritaba que el peligro no había terminado.
—Lucía no se detendrá —susurró para sí misma—. Si sacrificó a Mónica, vendrá por mí con más fuerza.
Uno de los agentes la miró con seriedad.
—Señora, recibimos informes de que un grupo armado se dirige hacia aquí. Debemos evacuarla.
Mercedes apretó los dientes.
—No… si huyo, Lucía gana. Yo debo enfrentarla.
En la mansión, Lucía golpeó la mesa con furia.
—¡Ese niño es la llave de todo! ¡Si alguien más lo controla, mi imperio se derr