En Nueva York, la policía irrumpió en la oficina de Gabriel Gómez.
—Señor Gómez, queda detenido por fraude internacional y lavado de dinero —anunció el agente con voz firme.
Gabriel, incrédulo, levantó las manos.
—¡Esto es una mentira! ¡Lucía me tendió una trampa!
Los flashes de las cámaras iluminaron la escena. Los periodistas gritaban preguntas, mientras Gabriel era esposado y llevado al vehículo policial.
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María llegó al aeropuerto con el corazón acelerado. Apenas bajó del avión, corrió hacia el hospital para ver a Gabriel.
Pero al llegar, un guardia le informó con frialdad:
—Lo siento, señora. El señor Gómez acaba de ser trasladado a prisión preventiva.
María se llevó las manos al rostro, llorando.
—¡No… no puede ser! ¡Lo necesito ahora más que nunca!
Vladimir, a su lado, la sostuvo con firmeza.
—Мария… мы должны бороться. (Mariya… my dolzhny borot’sya.)
María… debemos luchar.
Ella lo miró con desesperación.
—¿Cómo luchar contra pruebas falsas?
Vladimir respondió con dureza:
—C