La nieve caía con elegancia sobre Moscú, cubriendo las calles como un velo de silencio. María caminaba junto a Dairon, envuelta en un abrigo oscuro, mientras su mirada se perdía entre los edificios iluminados.
—¿Te gusta esta ciudad, hijo? —preguntó con voz suave.
—Sí, mamá. Pero tú no sonríes. —respondió Dairon, con la inocencia que desarma.
En ese instante, Vladimir Junior apareció, impecable como siempre, con una carpeta en la mano y una mirada que parecía leer el alma.
—María, tengo noticias. El juez Escobar ha iniciado una solicitud internacional para congelar sus cuentas.
María se detuvo en seco.
—¿Cómo es posible? ¿Desde México?
—Lucía tiene aliados poderosos. Pero yo tengo recursos más afilados. —respondió Vladimir, con una sonrisa que mezclaba seguridad y ambición.
María lo miró con desconfianza.
—¿Por qué me ayudas, Vladimir? ¿Qué ganas tú con esto?
Él se acercó lentamente, sin romper el contacto visual.
—Porque tú eres más que un caso legal. Eres una mujer que fue traiciona