La nieve caía con elegancia sobre Moscú, cubriendo las calles como un velo de silencio. María caminaba junto a Dairon, envuelta en un abrigo oscuro, mientras su mirada se perdía entre los edificios iluminados.
—¿Te gusta esta ciudad, hijo? —preguntó con voz suave.
—Sí, mamá. Pero tú no sonríes. —respondió Dairon, con la inocencia que desarma.
En ese instante, Vladimir Junior apareció, impecable como siempre, con una carpeta en la mano y una mirada que parecía leer el alma.
—María, tengo noticia