La palabra de Adrián, "Bien", resonó en la oficina como el portazo de una celda. No sonó a triunfo, ni a alivio, ni a nada que pudiera interpretarse como una emoción humana. Fue un sello, frío y contundente. Y en el silencio pesado que le siguió, cada segundo se estiraba como un chicle, haciéndome consciente de cada latido desbocado de mi corazón, del leve temblor de mis manos que escondí tras la espalda, del zumbido en mis oídos que ahogaba el sonido del aire acondicionado.
Me había lanzado a