El silencio del apartamento de Silas se volvió insoportable para Anastasia. Cada vez que lo miraba, recordaba su lástima, y la lástima era un ácido que carcomía lo poco que quedaba de su ego. "No soy una caridad", se repitió frente al espejo mientras se arreglaba el cabello con dedos temblorosos.
Esperó a que Silas saliera a una de sus reuniones interminables. Con el corazón martilleando contra sus costillas, Anastasia tomó el pequeño sobre con dinero que él le había dejado —el "seguro de super