El silencio en el apartamento era denso, interrumpido solo por el lejano sonido del tráfico que Anastasia ya no sentía suyo. Las palabras de Silas seguían retumbando en sus oídos como martillazos: su madre bajo custodia, el imperio desmoronándose y ella, la pieza que creía esencial, descartada como basura.
Anastasia sentía un vacío en el estómago que no era hambre; era el descubrimiento de que su "poder silencioso" no había sido más que una servidumbre de lujo. Ella había sido la arquitecta de