La luz azulada de la pantalla era la única que iluminaba la oscuridad de mi oficina en el ático. Las cifras danzaban ante mis ojos, una interminable procesión de dígitos que contaban una historia de ambición, crecimiento y, en sus márgenes más oscuros, de traición. Llevaba horas sumergido en los registros contables de los últimos tres años, cruzando datos, buscando el hilo invisible que conectara las discrepancias con un nombre, un rostro. El aire estaba enrarecido, cargado con el silencio del