La cocina estaba en una calma acogedora, iluminada solo por las luces cálidas sobre la encimera. El sonido suave del agua corriendo era lo único que rompía el silencio de la noche. Adrián, con las mangas de su camisa remangadas, terminaba de enjuagar los últimos platos de la cena.
De repente, sintió unos brazos rodeando su cintura y el calor del cuerpo de Valeria presionándose contra su espalda.
—Gracias por ayudarme con la cena, amor —susurró ella, apoyando la mejilla entre sus escápulas—. Est