Después del incidente del desmayo y de un rato de descanso bajo la sombra, logré convencer a Adrián de que ya estaba lista para caminar. Mi color había vuelto, y aunque mi orgullo estaba un poco magullado por haber colapsado como una dama victoriana, me sentía con energía renovada. Quería seguir con mis planes para hoy, pero… el clima tenía otros planes.
Mientras caminábamos buscando una salida del complejo turístico, noté que la luz dorada y brillante del mediodía había desaparecido. En cuestión de minutos, el cielo azul se había teñido de un gris plomo amenazante. El aire se volvió espeso, casi masticable, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara.
—Oye, cuatro ojos —dijo Adrián, mirando hacia arriba y frunciendo el ceño—. Creo que tu cronograma no predijo esto.
—¿El qué? —pregunté, siguiendo su mirada.
Justo en ese instante, el cielo se rompió. No fue una lluvia progresiva. No empezaron a caer gotitas tímidas. Fue como si alguien hubiera a