El Mercado Nocturno era un universo completamente diferente al Palacio Real.
Si el palacio era dorado, solemne y silencioso, este lugar era un estallido de luces de neón, música pop a todo volumen y un laberinto de olores que iban desde el dulce aroma de los panqueques de plátano hasta el humo especiado de las brochetas de carne a la parrilla.
Todavía estábamos húmedos por la lluvia, aunque el calor de la noche ya estaba empezando a secarnos. Mi blusa seguía pegada a mi piel de forma incómoda.