La tensión en la sala era palpable. Mateo, al ver la evasiva de Adrián, esbozó una sonrisa cargada de curiosidad. Dejó su vaso sobre la mesa de cristal con un clic preciso, se inclinó hacia adelante apoyando los codos en las rodillas y clavó su mirada en Adrián.
—Oye, Han —comenzó, su tono ahora serio pero con un destello de intriga—. ¿Es cierto lo que he oído?
Adrián lo miró, un leve ceño frunciendo su frente.
—Depende —respondió, su voz neutra—. ¿Qué tanto has oído?
—Lo suficiente —confesó Ma