El sol comenzaba su lento descenso hacia el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranja y púrpura que se reflejaban en las olas. La brisa marina jugueteaba con los cabellos sueltos de Valeria, quien, sentada en la arena fina y húmeda, sentía por primera vez en semanas que su pecho no estaba oprimido por la ansiedad. A su lado, dentro de su transportadora de malla, Luna ronroneaba suavemente, adormilada por el vaivén del viento y el sonido hipnótico del mar. Valeria había descalzado sus pies, e