El domingo por la mañana, Valeria se hundía en un sueño agitado. No era un descanso, sino una inmersión forzosa en las galerías subterráneas de su memoria. Volvía a tener diez años, arrastrándome por el pasillo oscuro para llegar a la habitación de Karla. Los gritos de mi madre y los gruñidos de ira de mi padrastro atravesaban la pared como cuchillos. "Shhh, Karlita, todo va a estar bien", susurraba, tapando sus orejitas con mis manos, mintiéndole para protegerla, mientras mi propio corazón se