Las cuarenta y ocho horas no empezaron con un reloj.
Empezaron con miradas que ya no se sostenían igual, con conversaciones que se cortaban cuando alguien se acercaba demasiado, con el cuerpo entendiendo antes que la cabeza que algo había cambiado de escala.
Valeria lo sintió en la espalda, como una presión constante. No era miedo puro. Era responsabilidad. Esa forma específica de cansancio que aparece cuando sabes que cada decisión arrastra a otros, incluso a quienes no la eligieron del todo.