Valeria no supo cuánto tiempo pasó sentada en ese pasillo. Podrían haber sido diez minutos o una hora. El cuerpo, cuando se rinde, deja de contar. Solo respira. Solo pide silencio.
Cuando abrió los ojos, Adrián seguía allí. No la miraba con preocupación dramática, ni con impaciencia. Estaba simplemente presente, observando el resto del espacio como quien cuida la entrada de un cuarto sin hacer de guardián.
—¿Me dormí? —preguntó ella, la voz más áspera de lo habitual.
—Un poco —respondió é