La sala común no tenía la forma de una asamblea.
No había un círculo perfecto ni una mesa central que obligara a mirarse de frente. Las personas se distribuían en pequeños grupos que se formaban y deshacían con naturalidad, como si el espacio respirara junto con ellos. Algunas hablaban en voz baja; otras callaban, observando. Nadie parecía tener prisa, pero tampoco comodidad.
Valeria se sentó en una silla metálica junto a una pared descascarada. No eligió ese lugar por estrategia consciente, si