Nadie se movió durante un segundo eterno.
El zumbido grave del sistema de ventilación volvió a ser audible, como si el edificio hubiera decidido respirar otra vez. Adrián sintió el pulso retumbándole en las sienes. La voz de Carmen, tranquila y administrativa, seguía flotando en el aire con más peso que la pistola de Silas.
—Bajen —repitió—. No voy a pedirlo una tercera vez.
Valeria fue la primera en moverse. No porque fuera valiente, sino porque entendió algo con una claridad devastadora: e